Relatos cortos

PRESENTE

Me siento intrusa al hablar de una vida que no es la mía, de algo tan serio como la soledad. Solamente quería decir que escribo este relato con el mayor amor y respeto del mundo.

Presente:

El sol brillaba aquel día de otoño, el olor a sopa que provenía de la cocina no hacía de este el mejor momento, tal vez si fueran castañas, pero sopa no (odio la sopa). Los murmullos de por la mañana y las caras dormidas y perezosas daban la bienvenida al día. Esta imagen se había repetido tantas veces…, pero sin embargo hoy sentía que estaba dirigida a mí, que el sol me despedía y los murmullos y caras me decían adiós. Las echaría de menos, pero no tanto como he echado de menos la libertad.

2 años antes:

No quería que llegara la hora de volver a casa, odiaba ir con Julia y Juan, siempre se estaban peleando y me dolía la cabeza cada vez que recorría el trayecto del instituto a casa, pero no tenía otra opción, no veía otra opción. Mi casa era un lugar seguro, me sentía segura en ella, pero el trayecto, me aterrorizaba, nunca se lo dije a nadie, ni se lo tendría que haber dicho si las cosas hubieran ido según lo planeado.

En la segunda esquina que tenía que cruzar, a las 15: 02 un ser despreciable pasaba con su viejo y escacharrado coche, todos los días. Todos los días tenía la desfachatez de mirarme, y todos los días me temblaban las piernas y dejaba por unos instantes de respirar. Y cuando iba sola bajaba la velocidad y mientras podía iba a la misma velocidad que yo. Por eso no quería ir sola, me sentía una cobarde, pero no veía ninguna puerta de salida.

Y lo que nunca debería haber pasado, pasó, las palabras que nunca debieron salir de mi boca, atreverse a ascender por mi garganta lo hicieron. Mamá, papá mi cuerpo no es mío, me lo han robado, me lo han arrebatado. Mamá, papá me han matado, lejos de entenderme se pusieron histéricos, me dijeron que fuera sincera, pero es que no podía serlo más.

Los trámites de la denuncia fueron dolorosos y rápidos, demasiado. No era justo, yo no podía ir tan rápido, caso cerrado, pero para mí abierto, para mí todo había empezado, para el resto de las personas ya había acabado. Nadie se sentó a mi lado, nadie me acompañó, me sentía tremendamente sola, sentía que esta sociedad me había abandonado. Sentía que el tren seguía circulando, rápido, muy rápido, y yo me había quedado en la estación, viendo como las luces de los faros se alejaban. Por eso cuando, mis notas bajaron, mis amigos y amigas desaparecieron, y según mi padre y mi madre me volví la típica adolescente rebelde que está siempre triste, no me sorprendió que me llevaran a un internado. No tenía nada que perder, no dejaba nada atrás, y pensar eso solo me hacía sentir más sola.

Presente:

En el internado llevo dos años, no se si puedo decir que me he recuperado, pero si he conseguido seguir adelante. Durante mi estancia conocí a las personas más importantes de mi vida, mi verdadera familia. Una noche cuando estábamos Laura, Marta, Laia, María, Lía, Bruno, Enrique y Fernando en la biblioteca se lo conté y fue como si la puerta poco a poco se abriera. Ellos me han ayudado, nunca olvidaré lo que una vez me dijo María. A ella le encanta la literatura, quiere ser escritora, yo he leído algunas de sus novelas y son realmente bellas. Aquel día cogió su bolígrafo preferido, una pluma con un mango negro azabache, y una punta de plata brillante que delicadamente guiaba a través de sus líneas la tinta que suavemente caía en el papel, y me dijo, te regalo una coma, por esos amigos que no lo eran, por los que te tocaron sin tú quererlo, por las veces que pensaste en abandonar este mundo; por las personas que te esperan tras esta pausa y por los momentos que vivirás. Luego sonrió y me dijo, te la mereces, entonces delicadamente dibujó una coma gigante en un folio y me lo dio. Ese día empezó una nueva etapa, y ese día encontré a una hermana.

Y ahora, desayunando por última vez en esa mesa pintarrajeada con nuestros nombres, esas tostadas untadas de mermelada y el vaso de leche ardiendo esperándome; ahora teniendo que decir adiós a las cocineras, al horrible comedor, que para mí ya es bonito, a las ventanas que dejan pasar esos incipientes rayos de sol; me siento de todo menos sola. Las despedidas son duras, pero ya somos mayores, el próximo año empezaré en la universidad con una de las mejores notas del país. Sabíamos que esto no sería eterno, pero esperábamos que tardase más en llegar.

Cuando después de llorar de hombro en hombro, y concretar varias quedadas, atravesamos por última vez las puertas de aquel lugar, tan frío por fuera, pero que tantas emociones guardaba dentro, tantas historias que nunca se revelarían, que se hundirían bajo la tierra cuando el edificio se derrumbara… Era tan bonito, y tan escalofriante a la vez, nuestras vidas y nosotros habíamos cambiado para siempre. Entré por esa puerta sola, sin esperanza, y salí rodeada de mi familia, con la cabeza bien alta, mi conjunto favorito puesto y las ganas de comerme el mundo que tanto tiempo se había escondido de mí.

Hace dos años pensé que mi vida se acababa, pero empezaba, esta vida me ha enseñado que se puede seguir adelante si tienes un apoyo. Yo tuve la suerte de encontrarlo, tuve la suerte de que me regalaran una coma. Y estoy preparada para regalársela a alguien, estoy preparada para ayudar. Esto también me lo ha enseñado la vida, que no todos o todas estamos preparadas, lo estuvimos o lo estaremos. Es muy importante ayudar, pero también que te ayuden, no avergonzarte de tus problemas, sino sentirte orgullosa como persona de seguir en pie. Porque puede que las olas más grandes te golpeen, que los vientos más fuertes soplen a tu contra, pero tras la tormenta siempre viene la calma, porque has sido capaz de, aunque te derrumbaras no rendirte, y si te rendiste te levantaste. Y si alguna vez quisiste pararlo todo, quisiste alejarte de todo y todos y ahora sigues aquí, sin pararlo, sin alejarlo, te doy la enhorabuena. Lo has conseguido y lo he conseguido, ser mejor persona.


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