Relatos cortos

QUERIDO HERMANO, CÓMO DECIRTE...

Volverá (Negación)

Querido hermano, cómo decirte… que intenté escribirte varias veces, pero los mensajes no llegaban.
Mandé palomas mensajeras, alzando el vuelo contra ese cielo azul o gris plomizo tan característico de Asturias; murciélagos contra ese cielo rosado, rojizo o anaranjado del atardecer; incluso búhos se posaron sobre mi ventana, como película de Harry Potter, que esperaban a que les atara una carta para verlos partir en la oscura noche y realizar ese viaje alrededor del mundo, en tu incesante búsqueda.
Esperé días, noches y más días. A veces no me iba a dormir mirando hacia la ventana pensando… ¿y si llega y no me entero? Al día siguiente me moría de sueño en clase, las ojeras comenzaban a notarse, pero a mí me daba igual porque era otro día. Otro día en el que decía…” Hoy será”.
Y de veras lo creía. Esperaba tu respuesta, hermano, y siendo ambiciosa, esperaba el día en el que aparecieses por la puerta de casa y me dijeses “quería desaparecer durante un tiempo” o alguna tontería de esas.
Pero nunca desistí en tu búsqueda. Hay gente que se pasa la vida entera buscando a su media naranja, tú eras la mía.
Tan solo con unos días de diferencia yo llegué al mundo antes que tú, (o al menos eso es lo que los papeles de adopción constatan) pero tú llegaste a la casa a la que más tarde llamaría hogar, meses antes.
Me integraste en tu vida, tan pronto como aparecí por esa puerta que tanto espero que se abra.

Enfado

Querido hermano, cómo decirte… que cuando te fuiste estaba resentida contigo.
Porque me dejaste aquí sola. Rodeada de adultos, a la edad de 9 años.
Quise mantenerlo todo intacto, por si volvías. Por si decidías sentarte conmigo en el suelo a jugar con los playmobil, los coches, las princesas… o lo que fuera.
La tentación me venció, cogí alguno y me lo llevé al cole, para sentirte cerca, porque te recuerdo que “me abandonaste” a los nueve años.

(¿A dónde te habías ido? ¡Si tenías la misma edad! Más grande era mi sorpresa antes que mi indignación pues el mundo estaba lleno de peligros y a mi me dejaste sola pero protegida de gente que me arropaba y cuidaba, pero ¿tú? Tú partiste solo a los 9 años. Hiciste ese viaje tan largo sin compañía, sin protección… pero supongo que eso no importaba, porque, aunque el mundo fuese muy grande y lleno de peligros, te esperaba la seguridad. Y ¿quién sabe? quizá no estuviste tan solo, si no que te encontraste con gente por el camino. Siempre tuviste esa facilidad de comunicación, heredada de la parte de mamá.)

Volví con el juguete roto. Lloré porque sentí que había roto algo de ti. Pero no fue solo lo material lo que rompí. Rompí amistades de infancia, porque no me convenían, por orgullo o simplemente porque por una parte estaba tan molesta contigo que solo quería romper con todo y empezar de cero.

Tocando fondo (Depresión)

Querido hermano, cómo decirte… que a veces es peor el remedio que la enfermedad o como digo yo; son peores los efectos colaterales que la bomba.
Tras tu ida, hubo llantos, desconcierto... sólo Dios sabía dónde te encontrabas.
Al llegar a casa y recibir la noticia de que te habías ido, abrí la puerta y salí a buscarte pero como te dije antes, ¿a dónde iba a ir? ¿yo? ¿una niña de nueve años? Era pequeña pero consciente de los peligros que acechaban ahí fuera. Solo llegué hasta casa de la vecina de abajo.
Dejaste un paisaje desolador, una devastación emocional que tardó años y fue dura y costosa de recuperarse.
Algunos ni se recuperaron. Quedaron destrozados de por vida. Trastornados. Afectados hasta la médula pues tu ida, fue la gota que colmó el vaso. El empuje final. La mecha para desatar su locura ya que habían sufrido idas similares anteriormente.
Pero centrémonos en aquellos que consiguieron levantarse, quitarse el polvo, salir de los escombros, limpiar y reconstruir su vida.
A algunos les costó más que a otros y parece que nunca se terminó esa reconstrucción pues llega hasta el día de hoy. ¿Por qué? Porque no nos afectó a todos de la misma manera ni al mismo tiempo. Cada uno lo gestionó a su manera. Pasaron por casa múltiples métodos; dinero para pagar a la psicóloga, recetas de antidepresivos, pastilleros…

¿Personalmente? A mí me afectó años más tarde. Pensé que yo me “había librado” por así decirlo. Pensé que justo te habías ido en el mejor momento de mi crecimiento. Lo suficientemente pequeña para no desarrollar ningún trauma, lo suficientemente mayor para recordar. Pero… ¡qué equivocada estaba!

A pesar de que conté con mucha ayuda y todo el cariño de nuestros padres, pues buscaban la mejor manera de protegerme y de evitar a toda costa que me enfrentase a todo ello de golpe (mediante el veraneo con amigos de toda la vida o planes todos los fines de semanas…).

Tanto posponer ese enfrentamiento, por muy buenas que fueran sus intenciones, creó una nueva rutina en mí. Un nuevo patrón. Evitar enfrentarme a situaciones desagradables. Huir constantemente. Desarrollándose en un Trastorno de Personalidad Evitativo, como bien supe años más tarde. Así pues, tras años de terapia de papá, empecé yo.

No volverás (Aceptación)

Querido hermano, cómo decirte...que ya no espero a que la puerta se abra.
¿Desesperanza? ¿Rendición? Nunca. Simplemente empecé a tomar lo que tenía en la vida.
Cambié de tácticas. Ya no me aferraba a tu vuelta, ahora me aferraba a que estabas mejor, me aferré a los últimos objetos que habías dejado en casa… me bastaba con mirar por la noche al cielo y ver la estrella que más brillaba y decir que eras tú. Cuando no era más que Venus.
Ya había despedido a las palomas, los murciélagos y los búhos años atrás. Porque al final, solo eran producto de algo que fue clave desde que tengo memoria y por lo que destaco, para seguir adelante.
Mi imaginación.
No requiero de más. Porque yo siempre decía que tenía una mente brillante pero que no tenía voz. Me aislaba, no compartía mis opiniones con nadie, demasiado me importaban las opiniones ajenas, con ese miedo en el cuerpo a destacar por estas ideas locas que me asaltaban en el momento menos esperado. Miedo a verme diferente, a no encajar, cuando ahora me doy cuenta de que lo diferente es a lo que hay que sacar partido.
Podría decirse que sobreviví gracias a mi capacidad de abstraerme, de evadirme, de ausentarme en mis mundos imaginarios.

Sin embargo, no fue nada fácil. Parece ser que en mi adolescencia todo cobró sentido y me conciencié además de asimilar la situación que había vivido

HOY (9 años después)
Querido hermano, cómo decirte… que soy feliz.
No sé dónde estás, aunque lo intuyo. No sé cómo te va, aunque me lo imagino. Pero lo que sí sé es que me estás cuidando. Que de vez en cuando le echas un vistazo a esta hermana alocada tuya. ¿Que cómo lo sé? Pues porque por fin, tras 9 años, que nadie dijo que fueran fáciles, que a veces se me hicieron tan duros que quería tirar la toalla, pero por unas razones u otras seguí, estoy contenta y feliz y disfrutando de la vida.
Porque hace unos días me encontré mirando en tus cosas, algo que me diese una pista de dónde estabas: una cajita. Recuerdo esa cajita. Solías jugar a los detectives secretos con nuestra amiga de infancia y a mí me dejabas a un margen porque “era un secreto”. Tenías un código, compuesto por 4 asteriscos. Nunca me lo llegaste a decir, así que tras tu partida pregunté a nuestra amiga y me dijo que nunca le habías dicho el código.
Simplemente que algún día preguntaría acerca de la cajita y que solo le habías dicho que me dijese que para mi 18 cumpleaños me regalarías una coma.
No lo entendí para entonces. Pero ahora sí.
Es un descanso de tanto sufrimiento, de tanta tormenta.
Es...un respiro y aspiración de aire fresco, llamado vida.

Querido hermano qué mejor despedida que agradeciéndote todo lo que has hecho por mí durante esos 9 maravillosos años. Dándome una infancia merecedora que cualquier niña adoptada desearía. Porque haces que mis orígenes queden en eso, en orígenes.
Porque a día de hoy estoy agradecida por tener y formar parte de lo que un día llamaste familia, porque eso es lo que es, únicamente NUESTRA familia. Estoy contenta de poder llamar a ciertas personas amigos.
Estoy orgullosa de la persona en la que me he convertido y espero que tú también lo estés. Porque me caí y me levanté, me ahogaba y pedí ayuda, estaba perdida y confié en mi compañía.
Y por último, díselo a los ángeles del cielo, que estoy orgullosa de llamarme hermana tuya.


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