Relatos cortos

TODO EMPEZÓ POR UNA COMA

¿Existe algo más horrible que ser acosado por tus compañeros del colegio? Sí, ser ignorado por tu propia familia.

Hola, soy Alba, tengo 15 años y no sé muy bien que pinto en este mundo. No sirvo para nada ni para aportar nada a nadie, pues no tengo amigos y decir que tengo familia sería mentir, dado que soy “Doña nadie” para ellos, exceptuando a mi abuela, claro. Soy la mayor de cinco hermanos, somos tres niñas y dos niños, que son los pequeños y además mellizos. Cuando nací mis padres me cuidaron muchísimo, pero a los dos años siguientes, cuando nació Carla, se olvidaron completamente de mí, quizás porque yo era demasiado fea o por ser menos encantadora. Lo mismo paso cuando tuvieron a Marta después de cuatro años de cuando nació Carla. A Carla la siguieron tratando con el mismo cariño o incluso más, y a Marta le respondieron igualmente. Los mellizos, Tomás y Álvaro, llegaron al mundo 3 años después de Marta, y a pesar de ser unos pillos, mis padres los trataron con el máximo afecto, y ahí quede yo, la hija mayor a la que solo le dirigían la palabra para decirle “pon la mesa” o “barre la cocina”. Siempre que mis padres hacían algo especial en familia como cenar fuera o ir al cine, me dejaban en casa de mi abuela, ella no estaba de acuerdo con mis padres, y por eso mismo fui siempre su favorita. Casi todas mis propiedades fueron compradas por mi abuela, como mi móvil, mis muñecos cuando era pequeña o mi ropa. También me acompañaba siempre al centro comercial dado que no tenía amigas con las que ir. Es decir, todos los momentos felices de mi vida han sido junto a mi abuela, de ahí nació el afecto entre nosotras dos.

Lo que sucedió ayer fue horrible e hizo que en este mismo instante y desde hace varias horas me encuentre en una depresión, sucedió así:

El martes tuvimos un examen de historia, yo los días previos los había pasado estudiando esforzándome mogollón, el día del examen llegué al colegio con una potente energía debido a que me sabía todo a la perfección y no dudaba de que acabaría con un sobresaliente que dibujaría una radiante sonrisa en el rostro de mi abuela, y por supuesto que en el mío. Llegué toda preparada y termine el examen habiendo respondido a todo. Total, que ayer, viernes, nos los devolvían corregidos, antes de eso la profesora decidió darnos una pequeña charla: “En general los exámenes han salido perfectos, estoy muy contenta, todo dieces, ¡qué alegría!” A mí se me ensancho el corazón ¡había sacado un 10! Pero a continuación, la profesora, cambió su feliz rostro a uno serio y volvió a hablar: “Bueno, creo haber dicho que todos habéis sacado dieces, pero me equivoco, lo cierto es que casi todos habéis sacado sobresaliente, exceptuando a uno de vosotros, que dejó el examen en blanco, todos son dieces menos un lamentable cero.” Todos los niños se miraron e intercambiaron una mirada divertida y a algunos se les escapo una risita, no comprendía el motivo, parecía que todos sabían algo que yo, por el contrario, ignoraba. Me sentía nerviosa ¿El cero sería mío? Imposible, yo había respondido absolutamente a todas y cada una de las preguntas, pero el resto de mis compañeros parecían seguros de sí mismos y… yo no. La profesora se dispuso a repartir lo exámenes, todos parecían felices con sus resultados y los comentaban a gritos con sus amigos, pero cuando me lo devolvió a mí todo el mundo se quedó callado, sentí como miles de miradas se clavaban en mí, mire a la profesora, ella evitó mis ojos y rápidamente me dio el examen, no podía ser, era un cero, la profesora tenía razón, el examen estaba en blanco a excepción de mi nombre, esto había sido una broma de algún estúpido. Todos los niños que en silencio se hallaban, comenzaron a murmurar hasta que esos murmullos se convirtieron en estruendosas risas cuando la profesora salió de clase. Los miré buscando una respuesta, así que uno de ellos se me acerco con una mirada burlona y me contó todo lo sucedido: Ellos sabían que yo había estudiado mogollón, así que no estudiaron para aprovecharse de mí. Después de haber realizado los exámenes se colaron en el despacho de la profesora, cogieron sus exámenes y fueron copiando mis respuestas, cada uno con sus propias palabras para que de este modo la profesora no sospechara, y por último rompieron mi examen y cogiendo una fotocopia de este le pusieron mi nombre y lo dejaron vacío.

No daba crédito a lo que había sucedido y mientras volvía en el bus, sola, en mi asiento de siempre, el cero retumbaba en mis oídos. Al llegar a mi parada y bajar del bus los otros niños riéndose de mi gritaron “¡Alba la sacaceros!” Nuestra madre estaba esperándonos con una sonrisa, por supuesto que hacia mis hermanas, no hacia mí; haciendo caso omiso de mí preguntó a mis hermanas sobre su día, y a Marta, se le ocurrió decirle a mamá mi estupenda nota de historia, me echo una bronca tremenda, a mí no me dejaba explicarme, yo tenía suficientes motivos para poder defenderme, pero claro, nadie me escuchaba. Al enterarse mi padre, decidió ponerme un castigo: me mando a mi cuarto todo el día de hoy y mañana, además decidió dejarme sin cenar, y yo no tenía la culpa de nada. Para colmo llegó Carla y me dijo: “no vuelvas a llamarte hermana nuestra, no puede ser que la sacaceros del colegio sea nuestra hermana, así que olvídate de nosotras, Marta y yo ya lo hemos hecho.” No podía más, me tumbe en mi cuarto y me eché a llorar, ¿por qué yo? ¿Por qué motivo he de vivir como una desgraciada? Estoy harta. No es justo.

Hoy sigo llorando tendida en la cama en la misma postura que ayer, cuando mi móvil comienza a sonar, es mi abuela, respondo a la llamada pensando que por lo menos ella podrá sacar una sonrisa a mi hinchado rostro de tanto llorar, pero por desgracia no. Cuelgo hipando y llorando, ¡no es posible! Mi abuela, en el hospital, medio moribunda por culpa de una dichosa enfermedad, ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Estamos en el cementerio, han pasado 3 meses desde la llamada aquella, entierran a mi abuela, no obstante estoy contenta, mi abuela me ha dado una lección de vida. Aún recuerdo a la perfección sus últimas palaras: “Alba, cariño, sé que no te encuentras a gusto, te comprendo, comprendo tu situación tan sumamente injusta, pero lo que tú no sabes es que tú puedes cambiarlo, por eso mismo, a parte de todas mis pertenencias, te regalo una coma, pues una coma es mucho más que un corto y simple descanso en la lectura, es una pausa que te permite detenerte, pensar y hacer frente a aquel dolor tan grande que te come por dentro, y después de descansar podrás seguir adelante, pero no de la misma manera, sino que sabiendo que no estás sola, que eres más fuerte que nadie, que tú puedes comerte el mundo, así que acéptate a ti misma y sobretodo no olvides que tu estas aquí por algo. Alba, yo estoy contigo” y ahí se quedó, cerró los ojos y no los volvió a abrir, pero se fue dejándome lo más grande que nunca nadie me había dado: esperanza, fuerza, confianza, y lo más importante: su apoyo, no se había ido sin más, su recuerdo estaba en mí, y con eso bastaba.

Después del cementerio volvemos a casa, todos de luto, todos con lágrimas en los ojos, todos menos yo. Aprovecho el silencio que hay en la cena para hablar: “Mamá, papá, ¿me queréis?” Mi madre me mira, pero me mira distinto a otras veces, es una mirada profunda, que si no me equivoco, algo de amor transmite; y a continuación se echa llorar. Me dice que sí, que me ama con locura, me pide perdón por todos estos años y me lo explica todo: resulta que Carla nació con una pequeña enfermedad y por eso la mimaron con tanto cariño y pasaron de mí, cuando se curó, ignorarme era algo que formaba parte de su día a día. Nacieron el resto de hermanos y todo siguió siendo igual, y cuando mis padres se dieron cuenta del daño que me causaban ya era demasiado tarde y decidieron dejarlo pasar.

No era una explicación justa, no, pero estaban arrepentidos, y eso era suficiente.

Volví abrir la boca, quería cambiarme de colegio, así que lo pregunté, me dijeron que por supuesto que sí.

Soy muy afortunada, ahora puedo decir que sí, tengo 17 años, estoy en 2º de bachillerato, tengo un numeroso grupo de amigos, una familia que me quiere y la gente me acepta tal y como soy. Todo esto gracias a mi abuela y a una simple coma.


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